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    2019-05-14

    Cambiemos de hemisferio y procedamos KY02111 viajar al Cusco del siglo xvi. La doctrina o parroquia que es de interés aquí –San Cristóbal Qolqanpata– parece haber sido administrada inicialmente por unos intermediarios apostólicos que poco o nada tuvieron que ver con la orden de San Francisco. La cabecera de esta colación, centrada en la ermita homónima, fue fundada por don Cristóbal Paullu Topa Inca, gobernador quechua instalado por los peninsulares en la capital andina hacia 1537 y ocupante del palacio urbano de Qolqanpata. Con Paullu Topa Inca, se instituyó el título y cargo honorífico de alférez real de los Nobles Incas, figura jurídica en torno a la que, a finales del siglo xvi, se acabó dando forma al armazón sociopolítico del cabildo indio en el Cusco. Paullu fue reconocido como el nuevo Inca por los poderes españoles, siendo promocionado a líder que debería abrazar la fe y la palabra de Dios para entrar en plena poliçia christiana. No resulta extraño, pues, que viese, como obligación indisculpable, convertirse de inmediato al catolicismo para apuntalar su reciente posición de Inca electo. En la probanza de servicios dispensados a la Corona que elaboró en 1540, expresaba el siguiente convencimiento: “Magnífico señor. Pablo Ynga parezco ante vuestra merced ‘lic. Antonio de Gama’ y digo que sirviéndose nuestro Señor, yo tengo intencion y deseo de tornarme cristiano y vivir debaxo de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia […]”. En dicho documento, Paullu Topa Inca presentó como testigos, entre otros, a los clérigos o prestes Antonio de Castro, O.P. y Luis de Morales, quien fungía igualmente como el provisor de indios del recién consagrado obispo fray Vicente de Alonso. La preponderancia dominica en el resguardo espiritual de la alta élite quechua del Cusco no resultaba ninguna novedad, pues, por las mismas fechas, dos hijos del difunto Inca Atahualpa fueron conducidos a la ciudad con el objetivo de recibir doctrina en el convento de la orden a manos de los religiosos Juan de Olías, Gaspar de Carvajal y el citado Antonio de Castro. La estrecha colaboración que este Inca estaba mostrando con los padres predicadores menores en su correcta evangelización se volvería a revalidar un año más tarde. En efecto: en 1541, el provisor Morales informaba que Paullu Topa Inca le había entregado las momias mallqui de sus parientes y ancestros con el fin de que obtuviesen sepultura cristiana, “[…] con placer […]” suyo. Así pues, el nuevo Inca estaba apropiadamente preparado para recibir el bautismo, sacramento que, en 1543, le fue otorgado en la Iglesia Mayor del Cusco cuando recibió el nombre cristiano de Cristóbal, análogo al del juez pesquisador don Cristóbal Vaca de Castro (1542-1544). Su padrino fue el corregidor del Cusco, don Sebastián Garcilaso de la Vega. Lo cierto es que don Cristóbal Paullu Topa Inca, en 1549, y en circunstancias in extremis pocos días antes de que se produjese su defunción, contrajo matrimonio cristiano con doña Catalina Tocto Ussica. Tal acontecimiento fue reconstruido narrativamente, años más tarde, en las informaciones que el nieto de ambos, don Melchor Carlos Inca, presentó ante el virrey Luis de Velasco y Castilla con el fin de recibir mercedes y gracias. El testigo Francisco Unapaucar comentó, ya en 1599, que A la luz del extracto narrativo judicial que acabamos de presentar, resulta igualmente sospechosa la interesada relación que se describe entre el bautismo, el matrimonio y la vida conyugal de don Cristóbal Paullu Topa Inca y doña Catalina Tocto Ussica y la mediación ofrecida por las autoridades franciscanas de la ciudad. Hasta donde tenemos conocimiento, no existen indicios o pruebas fehacientes completamente documentadas y contemporáneas de estos dos titulares de la gobernación del Cusco –y residentes en San Cristóbal Qolqanpata– que confirmen que fuesen solícitos feligreses de los frailes del hábito pardo. Desde que el corregidor del Cusco Juan Polo Ondegardo procediese, en 1559, a vertebrate la institucionalización definitiva del culto cristiano bajo la advocación de San Cristóbal en la pequeña ermita fundada por Paullo Inca en Qolqanpata y que adjudicase asimismo su administración a los curas y los clérigos presbíteros del obispado cusqueño, la familia no evidenciaría fluctuaciones considerables en su nueva identidad feligresa. La pareja tuvo, algunos años antes de contraer matrimonio cristiano en 1549, dos hijos, don Felipe y don Carlos Yupanqui, que serían reconocidos como los únicos herederos legítimos de su padre. Recibieron una esmerada educación junto a otros nobles quechuas e importantes mestizos, como fue Gómez Suárez de Figueroa —el llamado Inca Garcilaso de la Vega—, quien era asimismo hijo del comentado corregidor del Cusco, Sebastián Garcilaso de la Vega, y de doña Isabel Chimpu Ocllo, prima de don Cristóbal Paullu Topa Inca. El propio cronista mestizo relata, en sus Comentarios Reales de 1609, que don Carlos Yupanqui fue su “[…] condiscípulo de escuela y de gramática […]”, así como que, junto a su hermano Felipe, recibieron una cuidadosa preparación tanto en letras por parte del canónigo Juan de Cuéllar como de las sesiones de teología que les impartió el acreditado padre Pedro Sánchez. Ambos clérigos dependían del obispado del Cusco y transmitían sus enseñanzas, con toda seguridad, en el pequeño seminario que, hacia la década de 1540, nacería anexo a la futura catedral. Hasta los vaticinios de la muerte de este Inca católico fueron celosamente revelados, en 1549, a fray Domingo de Santo Tomás, O.P. Y años después de su fallecimiento, la procesión anual, que desde los primeros tiempos de la década de 1530 se solemnizaba durante la festividad de San Marcos en esta ciudad, continuaba saliendo del convento de Santo Domingo, en dirección a nuestra ermita de San Cristóbal Qolqanpata, bajo la estricta conducción de un clérigo episcopal.